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Premiado
en todo el mundo, se estrena un fascinante documental del hijo
Juan Rulfo. |
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en todo el mundo –incluso en el festival de cine porteño–, se estrena un
fascinante documental del hijo del autor de Pedro Páramo y El Llano en
Llamas. casi de la misma manera en que su padre se dedica a escuchar las
voces de sus personajes de ficción, Juan Carlos Rulfo les da voz en su
película a los obreros que durante dos años filmó construyendo una
autopista en el DF Mexicano. El film podrá verse durante todo enero en
el Malba. |
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Hace unos tres
años, el gobierno del Distrito Federal mexicano emprendió una obra
destinada a cambiarle enteramente la cara a la ciudad, quizá su proceso
de modernización final: el llamado Segundo Piso del Periférico. El
Periférico es la autopista principal que “sobrevuela” la ciudad. Su
Segundo Piso no debía ser más que lo que su nombre indica, o sea una
obra monumental proyectada para extenderse a lo largo de 17 kilómetros,
pero se transformó en el centro de una puja de poderes e influencias
partidarias. La obra le costó a Andrés Manuel López Obrador –el jefe de
Gobierno del DF en ejercicio hasta mediados del año pasado, y candidato
de centroizquierda para las elecciones presidenciales que tuvieron lugar
este año– las críticas de la oposición y de buena parte de los medios de
comunicación, que se echaron sobre él bajo la acusación de estar
haciendo su propia campaña electoral con un emprendimiento estatal de
proporciones monstruosas.
Ajenos a todo el remolino político generado por la obra –según explica
Juan Carlos Rulfo, hijo del autor de Pedro Páramo y El llano en llamas,
y director de En el hoyo– están todos los obreros que trabajaron y
siguen trabajando en la construcción del Segundo Piso, que probablemente
no estén entre quienes van a usufructuar la nueva autopista cuando quede
terminada. Gente que viene de otras partes de México en busca de
trabajo, y para quienes el Segundo Piso no es el eje de una campaña
presidencial ni una millonaria batalla de recursos entre la izquierda y
la derecha, sino apenas tal vez eso, un trabajo. Las críticas a la
administración de López Obrador se extendieron a la película, pero, dice
Rulfo, eso ocurrió antes que nada entre una parte de la sociedad que
sabía de la existencia de la película y no la había visto. Y aclara que
quienes ya vieron la película en su país –oficialmente más de 45 mil
personas, una cifra importante para el estreno comercial de un
documental– olvidan el escándalo y se encuentran con las vidas de los
obreros a los que Rulfo siguió con sus cámaras durante más de dos años,
y que va volcando fragmentariamente en su narración. Los relatos no
tienen necesariamente una progresión dramática sino que se acumulan como
fragmentos de tiempo, y sobre sus últimos minutos la cámara se distancia
de sus protagonistas definitivamente, cobra vuelo y emprende un
impresionante travelling final que recorre varios kilómetros de
extensión del inacabado Segundo Piso, con un soundtrack acoplado y
sincronizado con el extraño ritmo de los ruidos de la construcción y de
la ciudad.
Ruido de fondo
“Me da miedo, pero más miedo me da no tener para comer.” Así se expresan
los obreros en la película cuando Rulfo les pregunta sobre los enormes
riesgos físicos de trabajar en semejante construcción. Es quizá el
testimonio más político de En el hoyo, ya que, como señala Rulfo, no son
aquellos que ponen su pellejo en peligro quienes van a aprovechar las
ventajas de la nueva –y con algo de suerte más ordenada– fisonomía
urbana.
Pero Rulfo insiste en que no se trata de cine político, y que esta
manera de leer las declaraciones de sus protagonistas no es más que
precisamente eso, una lectura. “Una visión”, dice. “Los obreros dicen
esto como una cosa obvia, lógica: claro que nos da miedo, pero más miedo
da lo otro. Sólo que ellos no te lo embarran en la cara. El trasfondo,
la interpretación, todo eso que hace resonar en la cabeza tantos
discursos, el que se muevan ciertos mecanismos y lecturas en el
espectador es válido e importante, pero nosotros no estamos mostrando
cómo sufren los obreros, sino por el contrario, con qué dignidad tratan
de pasar el día bien. Es cierto que estamos en épocas políticamente muy
fuertes en México. Con una lucha muy particular que nunca había visto
entre la derecha y la izquierda por robar votos, y que se convirtió en
un lugar común decir que si era una película sobre el Segundo Piso del
Periférico tenía que ser proselitista. Pero yo creo que no se trata de
apoyar a un candidato, sino que es una política mucho más profunda, que
no se ve cuando estás en esa situación de lucha electoral: la película
trata de la gente, de darle voz, de hablar de su vida cotidiana, de
hablar del obrero al que le dan ganas de echarse a descansar y mirar al
cielo pensando en Dios.
En México hay una cultura popular muy grande. Entonces, cuando uno se
acerca a estos personajes que tienen una forma muy particular de hablar,
de contar, de comunicarse, te das cuenta de que tienen una filosofía muy
poderosa, que ya quisiera tener la gente con estudios.
Mucha gente me preguntó si yo había escrito los textos para que ellos
los hablaran: no creen que ellos sean capaces de decirlo. Eso representa
claramente que no conocemos a la gran clase trabajadora mexicana. La
película no es política tampoco en el sentido de llevar la consigna de
que ‘vamos a luchar por los derechos de esta gente’, sino que es una
demostración de que esta gente tiene más que decir y mucha más sabiduría
de la vida que la que tienen las clases estudiadas, que no conocen el
país. Tenemos 60 millones de indígenas; es un pueblo eminentemente
indígena, pero eso uno no lo ve, no se siente. Es un país lleno de
posibilidades por el dinero, pero que jamás considera a comunidades
indígenas, porque no caben en este aparato de desarrollo económico.
A la gente que apoya a la derecha no le interesa conocerlas, más bien
les estorban. No se han dado una vuelta por el sur, por Chiapas, por
otros lugares, no para ir a ver la humildad, sino para ver al menos qué
es lo que pasa fuera de la ciudad, para conocer la gran complejidad que
tiene este país. El D.F. es muy cosmopolita pero no tiene nada que ver
con lo que pasa con el resto del país. Y creo que hay que tratar de
hacer discursos audiovisuales que demuestren que la vida de la gran
clase mayoritaria de México es muy poderosa, y no se conoce.”
Los muertos
Los puentes reclaman almas, al menos la de uno de los obreros que
trabajan en su construcción, dice una creencia popular. Como el puente
descomunal que es, el Segundo Piso tiene algunos muertos en su haber.
Una mujer de seguridad de la obra –uno de los personajes más memorables
de la película– mantiene esas ánimas presentes en sus extraños
testimonios. Pero, dice Rulfo, las muertes del Periférico no se han
producido tanto por incidentes de trabajo como por accidentes de
tránsito directamente vinculados con los odios que desató la obra en
parte del Distrito Federal. “Había gente que estaba tan enojada con la
obra y con López Obrador que no les importaba; preferían acelerar cuando
debían frenar, aunque atropellaran a los obreros o a otros transeúntes”,
explica el director.
“Y está esta mujer encargada de seguridad, que es el único personaje
femenino en la película, y que tiene que ver con el alma, con el
espíritu. Es un tema muy característico de México, pero ella es la única
que tiene ese punto de vista, que va un poco más allá del ahorita y del
hoy y del ‘si no trabajo no como’. Está en otra cosa, como todas las
mujeres, creo, que saben estar en otra cosa, y tienen otra lectura de la
realidad. La adoro y me parece muy importante porque le dio una
perspectiva mucho más humanista. Por las noches yo le decía que allí no
había nadie, y ella me contestaba: ‘¿Cómo no? Hay mucha gente, solo que
están detrás de las columnas’. Una manera sutil de decir: ‘Todos están
aquí, y te están viendo’. Y hubo momentos, cuando uno ya había entrado
en ese sistema de pensamiento, que cruzabas la obra solo por la noche y
sentías cosas. Es cuando vale la pena estar ahí.”
Los tremendismos
Es un momento de particular circulación del cine mexicano –y de
cineastas mexicanos que están filmando en Hollywood, como Alfonso Cuarón
y Alejandro González Iñárritu–, pero Rulfo entiende que su película se
aparta un poco de ese movimiento que ha estado recorriendo los cines y
festivales del mundo. De películas como, por ejemplo, las dos que lleva
hechas Carlos Reygadas, Japón y Batalla en el cielo. “El primer
comentario que me han hecho cuando tuve oportunidad de hablar con
público extranjero, o si
me encontraba con algún distribuidor, era que les extrañaba, que la
película no era muy mexicana.
‘¿Cómo?’, les preguntaba yo. Y me decían: ‘Le falta más tremendismo, más
oscuridad, más sangre, más Amores perros, más batallas, más homenajes a
Ripstein; todo eso’.
Personalmente yo estoy un poco harto de esa visión, y en general de la
visión que hay de América latina. Uno ve una retrospectiva de cine
latinoamericano afuera y eso es lo que aparece. En México parece que la
sociedad tiene que ser más cruda, más fatalista, muy agresiva, como que
no hay remedio. Cosa que no es cierta: por supuesto que existe esa
posición, pero hay otra. La vida continúa, hay mucha alegría y fuerza
por vivir, y aunque tampoco se trata de tomar una posición fácil u
optimista, y que es algo más complejo, para hacer un documental
pareciera que necesariamente tienes que ser oscuro, amarillista.
Tenemos que reírnos un poco de la sociedad para poder entenderla, y creo
que a México le falta un poco eso. Una de las cosas que tienen los
obreros de En el hoyo es que están pasándosela lo mejor que pueden. El
trabajo es suficientemente duro como para encima pasársela
dramáticamente.”
En el hoyo podrá verse desde el próximo sábado 6 de enero, todos los
sábados y domingos del mes a las 17, en el Malba, Av. Figueroa Alcorta
3415
Más información: www.malba.org.ar
Por Mariano Kairuz
Fuente: suplemento Radar diario "Página 12" |
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