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Apogeo, muerte y resurrección de un
tronco en Resistencia
Retirado y vuelto a poner por presión popular, este mes se festejó su
aniversario.

EL TRONCO DE LA VICTORIA POPULAR. LA OBRA, EMPLAZADA OTRA VEZ EN EL
CENTRO DE LA CAPITAL CHAQUEÑA
Un tronco devenido obra de arte, y
luego, veinte años más tarde, elevado a la categoría de monumento
histórico. Un tronco durmiendo la siesta en un banco de la plaza
disputándole protagonismo a las estatuas de los próceres de mayo, y sin
embargo, nada de esto resulta extraño en Resistencia, Chaco, una ciudad
en la que todos y cualquiera, tienen algo que decir sobre el arte.
Serán el efecto de la Bienal Internacional de Escultura, el evento más
importante en la agenda –no digamos artística, sino social– de los
chaqueños; una fiesta popular que reúne a una veintena de artistas de
todo el mundo, y a otros miles de curiosos que siguen de cerca su
trabajo durante los siete días que dura el certamen. Todo dispuesto para
que la gente interactúe con los artistas, de la misma manera que lo
hace, el resto del año, con las quinientas obras emplazadas en sus
veredas; algunas de mucha valía como las de Lucio Fontana, Gyula Kosice,
Libero Badii, Enio Iommi y Hernán Dompé, por nombrar los mas resonantes,
aunque acá, justamente, no se trata de andar chapeando. Acá, la cosa es
popular. No son pocos los artistas de entrecasa que se animan a sacar
sus creaciones a la calle, algunas de una figuración que empalaga,
otras, tan conceptuales como los ready-made de Marcel Duchamp: una
imprenta del 1900, un changuito de supermercado, la biela de un barco y
la carcaza de Citröen 3CV montados cada uno sobre su pedestal.
Bajo la ley de esta calle no hace falta ser erudito para llevar lo
cotidiano al sacrosanto espacio de lo memorable. Vale de muestra el
célebre tronco de urunday. Era julio de 1991, y entre los artistas que
llegaban para el concurso de esculturas se encontraba el chileno-israelí
Daniel Peralta. Su presencia, o mejor dicho su ausencia, llamó la
atención. A diferencia de sus colegas, que trabajaron a destajo tratando
de darle forma a la madera, Peralta, salió a recorrer los bares, a
conocer gente, a comer asados. Su actitud, y el pedazo de árbol intacto
en su stand de la plaza 25 de mayo, generaron las más diversas
especulaciones hasta pocas horas antes de que suene la campana, cuando
el artista desarmó un banco, le hizo dos cortes sutiles al tronco y
volvió a ensamblar el asiento con el poste atravesado. ¿Una escultura?
¿Una intervención? ¿una instalación? ¡Un machetazo a la lógica!, para
ser exactos dos, que dejaron a todos absortos y al artista fuera del
reglamento y de la competencia. terminado el concurso, tronco y banco
fueron retirados de la plaza. La obra se perdió de vista, pero su
recuerdo siguió vivo en las conversaciones y en una serie de cartas de
lectores que cada tanto exigían su presencia. Seis años más tarde,
atentos a los reclamos, los directivos de Fundación Urunday, que
organizan las bienales y detentan el manejo de las esculturas,
devolvieron la pieza a su lugar, en medio de un acto de desagravio que
fue tapa de todos los diarios.
El 12 de julio pasado, a veinte años de su creación, el tronco volvió a
ser noticia. Un grupo de ciudadanos celebró el aniversario como gesto de
reivindicación. Con el humor que requieren las cosas serias, el
periodista Marcelo Tissembaun, maestro de ceremonias, leyó las glosas
que reconocían a la obra como símbolo de la ciudad, es decir, de la
relación de los habitantes con el espacio público, de su compromiso con
el arte urbano y su relevancia estratégica a la hora de pensar la
identidad colectiva.
"Es la riqueza expresiva de la multitud, que ha encontrado cómo
subvertir el discurso del Amo, mediante la parodia, la manipulación y la
ironía, y demostrado cómo las palabras y las imágenes organizan y
construyen el mundo", dicen los versos del poeta revolucionario ruso,
Vladimir Maiakovski, que los resistencianos hicieron propios en este
acto de resistencia cotidiana.
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