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Panamá: La bandera ultrajada

Cuando se mira
hacia lo alto de Cerro Ancón desde cualquier punto cardinal, se ve
flamear entre la fronda virgen la bandera de Panamá, que llama la
atención por sus enormes dimensiones, pero hay un simbolismo muy fuerte
en ella.
Fue izada allí el 1 de octubre de 1980 cuando entraron en vigor los
acuerdos Torrijos-Carter de 1977, que devolvieron a Panamá el Canal y su
Zona Militar.
Y he aquí donde se imbrica una linda historia de heroísmo y amor a la
patria que da contenido especial a esa imagen con la que se levantan y
acuestan día a día los capitalinos, pues por ley la bandera de Cerro
Ancón siempre está izada.
La historia, conocida como Día de los Mártires, tiene su desenlace el 9
de enero de 1964, aunque sus antecedentes más remotos datan de 1903,
cuando las cuadrillas de estadounidenses comienzan a construir las obras
del Canal de Panamá, culminadas 11 años después.
El Canal -y su posterior vigilancia militar- permitió que en una larga
franja de cinco millas de ancho a uno y otro lado de la vía
interoceánica se asentaran núcleos familiares que, siendo estadounidense
por cultura, costumbres y defectos, se manifestaran como un grupo humano
aparte.
Fue así como adoptaron hasta un gentilicio "zonians" (en inglés) o
zoneítas (en español) para diferenciarse de los estadounidenses
radicados en su país natal, y de los panameños nacionales o por adopción
con los cuales mantenían relaciones de trabajo.
Los "zonians", con muchos puntos conceptuales en común con los "afrikanders"
de Sudáfrica, vivían un régimen de apartheid y en sus dominios,
delimitados en toda su extensión por cercas perimetrales, no se permitía
la presencia de nadie que no fuesen ellos. La discriminación era
absoluta.
Los "zonians" consideraban ese pedazo de territorio nacional como una
república independiente dentro de la República y, por lo tanto, la única
bandera que podía flamear en toda la Zona era la estadounidense.
Por allí comenzaron los problemas. Después de muchas presiones los
panameños lograron que el gobernador de la zona aceptara que junto a la
estadounidense se izara también la bandera nacional, excepto en las
bases militares.
Pero los zoneístas desestimaron dicho acuerdo y continuaron izando
solamente la estadounidense.
Enterados de la negativa de izar el pabellón nacional, un grupo de 200
estudiantes panameños del Instituto Nacional, hablan con la gobernación
y obtienen permiso para izar su bandera y cantar el Himno Nacional al
lado del asta frente a la Escuela Superior de Balboa, dentro de la zona.
Pero al marchar hacia allí son detenidos por agentes de policía
zoneístas con quienes acuerdan que sólo una delegación de cinco
estudiantes llegue hasta el plantel a cumplir la misión para la cual
habían recibido autorización.
Los cinco estudiantes tratan de cantar el Himno en el lugar de
ceremonias, rodeados por más de dos mil estudiantes y padres de familia
zoneítas de ese colegio, pero son abucheados y agredidos para
arrebatarles la bandera.
El ataque es tremendo. Los muchachos se aferran a la bandera para no
dejársela quitar, pero es casi imposible. Los zonians tiran de ella, la
rompen, esparcen sus pedazos por el suelo y los pisan en una danza
desenfrenada que llena de ira a los cinco quienes tratan de rescatar los
jirones a puñetazo limpio.
Los agentes de policía de la Zona, en lugar de protegerlos de aquella
enloquecida jauría gringa, los repelen a palazos, y con lágrimas de
impotencia corren hacia donde están sus compañeros, perseguidos por los
zoneítas.
Están en minoría frente a los atacantes y se repliegan hacia una avenida
cercana donde se atrincheran para hacerles resistencia con piedras y
palos. Mucha gente conoce la afrenta a la bandera y marchan hacia el
teatro de los hechos donde son recibidos con disparos y empiezan a caer
heridos.
Un valeroso joven, Ascanio Arosemena, desafía los tiros para auxiliar a
sus compañeros heridos de bala, y en esa tarea cae mortalmente abatido
por un disparo de fusil. Es el primero de los 23 jóvenes asesinados en
esa jornada patriótica.
Cae la noche y la hostilidad continúa. Suman miles los panameños que
salen de todos los puntos de la ciudad a apoyar a sus jóvenes y defender
la bandera mancillada. La policía zoneíta es doblegada y piden la ayuda
del ejército acantonado en la zona.
El general Andrew P. O'Meara, jefe del Comando Sur de Estados Unidos,
asume la autoridad y despliega la Brigada de Infantería 193 a las ocho
de la noche con armas pesadas y de largo alcance.
Los fusiles y ametralladoras se imponen, las orugas de los tanques
hollan el suelo patrio y todo el sector limítrofe de la zona se
convierte en un infierno.
El Hospital Santo Tomás queda abarrotado de heridos y no tiene espacio
para más víctimas. Pide apoyo a otros centros para que atiendan los
heridos.
Amanece igual que anocheció, con la variante de que hay nuevos heridos.
Se reúnen la OEA y el Consejo de seguridad de la ONU donde las denuncias
de Panamá son apoyadas pero sin efecto práctico alguno. Para entonces
los muertos sumaban una veintena y los heridos más de 500.
Tuvieron que pasar muchos años para que en la Zonal del Canal, hoy zona
revertida, flotara en solitario y soberana la bandera que con tanto amor
y patriotismo defendieran aquellos cinco jovencitos en la escuela
superior de Balboa, y por la que diera su vida Ascanio Arosemena.
Han pasado 48 años desde entonces, y hace ya 12 que el Canal y su Zona
son enteramente panameños. Los zonians, que al final de cuentas no
pasaron de ser una entelequia, apenas si pueden ser calificados
criaturas de un pasado bochornoso felizmente superado.
Gracias a aquellos jóvenes y a otros muchos como ellos, los panameños de
hoy pueden mirar cada día con orgullo hacia la cima del Cerro Ancón y
ver cómo flota libre y única la bandera que defendieron con el alma y
con la vida.
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