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El retrato oval |
| 18/01/2009 - Fuente: La voz del Interior |
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A
200 años del nacimiento del escritor norteamericano, publicamos uno
de sus relatos paradigmáticos. Con cuentos como éste, Allan Poe
cambió para siempre el género fantástico.
Edgar Allan Poe
El castillo en el cual mi criado se le había ocurrido penetrar a
la fuerza en vez de permitirme, malhadadamente herido como
estaba, de pasar una noche al ras, era uno de esos edificios
mezcla de grandeza y de melancolía que durante tanto tiempo
levantaron sus altivas frentes en medio de los Apeninos, tanto
en la realidad como en la imaginación de Mistress Radcliffe.
Según toda apariencia, el castillo había sido recientemente
abandonado, aunque temporariamente. Nos instalamos en una de las
habitaciones más pequeñas y menos suntuosamente amuebladas.
Estaba situada en una torre aislada del resto del edificio. Su
decorado era rico, pero antiguo y sumamente deteriorado. Los
muros estaban cubiertos de tapicerías y adornados con numerosos
trofeos heráldicos de toda clase, y de ellos pendían un número
verdaderamente prodigioso de pinturas modernas, ricas de estilo,
encerradas en sendos marcos dorados, de gusto arabesco. Me
produjeron profundo interés, y quizá mi incipiente delirio fue
la causa, aquellos cuadros colgados no solamente en las paredes
principales, sino también en una porción de rincones que la
arquitectura caprichosa del castillo hacía inevitable; hice a
Pedro cerrar los pesados postigos del salón, pues ya era hora
avanzada, encender un gran candelabro de muchos brazos colocado
al lado de mi cabecera, y abrir completamente las cortinas de
negro terciopelo, guarnecidas de festones, que rodeaban el
lecho. Quíselo así para poder, al menos, si no reconciliaba el
sueño, distraerme alternativamente entre la contemplación de
estas pinturas y la lectura de un pequeño volumen que había
encontrado sobre la almohada, en que se criticaban y analizaban.
Leí largo tiempo; contemplé las pinturas religiosas devotamente;
las horas huyeron, rápidas y silenciosas, y llegó la media
noche. La posición del candelabro me molestaba, y extendiendo la
mano con dificultad para no turbar el sueño de mi criado, lo
coloqué de modo que arrojase la luz de lleno sobre el libro.
Pero este movimiento produjo un efecto completamente inesperado.
La luz de sus numerosas bujías dio de pleno en un nicho del
salón que una de las columnas del lecho había hasta entonces
cubierto con una sombra profunda. Vi envuelto en viva luz un
cuadro que hasta entonces no advirtiera. Era el retrato de una
joven ya formada, casi mujer. Lo contemplé rápidamente y cerré
los ojos. ¿Por qué? No me lo expliqué al principio; pero, en
tanto que mis ojos permanecieron cerrados, analicé rápidamente
el motivo que me los hacía cerrar. Era un movimiento
involuntario para ganar tiempo y recapacitar, para asegurarme de
que mi vista no me había engañado, para calmar y preparar mi
espíritu a una contemplación más fría y más serena. Al cabo de
algunos momentos, miré de nuevo el lienzo fijamente.
No era posible dudar, aun cuando lo hubiese querido; porque el
primer rayo de luz al caer sobre el lienzo, había desvanecido el
estupor delirante de que mis sentidos se hallaban poseídos,
haciéndome volver repentinamente a la realidad de la vida.
El cuadro representaba, como ya he dicho, a una joven. se
trataba sencillamente de un retrato de medio cuerpo, todo en
este estilo que se llama, en lenguaje técnico, estilo de viñeta;
había en él mucho de la manera de pintar de Sully en sus cabezas
favoritas. Los brazos, el seno y las puntas de sus radiantes
cabellos, pendíanse en la sombra vaga, pero profunda, que servía
de fondo a la imagen. El marco era oval, magníficamente dorado,
y de un bello estilo morisco. Tal vez no fuese ni la ejecución
de la obra, ni la excepcional belleza de su fisonomía lo que me
impresionó tan repentina y profundamente. No podía creer que mi
imaginación, al salir de su delirio, hubiese tomado la cabeza
por la de una persona viva. Empero, los detalles del dibujo, el
estilo de viñeta y el aspecto del marco, no me permitieron dudar
ni un solo instante. Abismado en estas reflexiones, permanecí
una hora entera con los ojos fijos en el retrato. Aquella
inexplicable expresión de realidad y vida que al principio me
hiciera estremecer, acabó por subyugarme. Lleno de terror y
respeto, volví el candelabro a su primera posición, y habiendo
así apartado de mi vista la causa de mi profunda agitación, me
apoderé ansiosamente del volumen que contenía la historia y
descripción de los cuadros. Busqué inmediatamente el número
correspondiente al que marcaba el retrato oval, y leí la extraña
y singular historia siguiente:
“Era una joven de peregrina belleza, tan graciosa como amable,
que en mal hora amó al pintor y se desposó con él. Él tenía un
carácter apasionado, estudioso y austero, y había puesto en el
arte sus amores; ella, joven, de rarísima belleza, toda luz y
sonrisas, con la alegría de un cervatillo, amándolo todo, no
odiando más que el arte, que era su rival, no temiendo más que
la paleta, los pinceles y demás instrumentos importunos que le
arrebataban el amor de su adorado. Terrible impresión causó a la
dama oír al pintor hablar del deseo de retratarla. Mas era
humilde y sumisa, y sentóse pacientemente, durante largas
semanas, en la sombría y alta habitación de la torre, donde la
luz se filtraba sobre el pálido lienzo solamente por el cielo
raso. El artista cifraba su gloria en su obra, que avanzaba de
hora en hora, de día en día. Y era un hombre vehemente, extraño,
pensativo y que se perdía en mil ensueños; tanto que no veía que
la luz que penetraba tan lúgubremente en esta torre aislada
secaba la salud y los encantos de su mujer, que se consumía para
todos excepto para él. Ella, no obstante, sonreía más y más,
porque veía que el pintor, que disfrutaba de gran fama,
experimentaba un vivo y ardiente placer en su tarea, y trabajaba
noche y día para trasladar al lienzo la imagen de la que tanto
amaba, la cual de día en día tornábase más débil y desanimada.
Y, en verdad, los que contemplaban el retrato, comentaban en voz
baja su semejanza maravillosa, prueba palpable del genio del
pintor, y del profundo amor que su modelo le inspiraba. Pero, al
fin, cuando el trabajo tocaba a su término, no se permitió a
nadie entrar en la torre; porque el pintor había llegado a
enloquecer por el ardor con que tomaba su trabajo, y levantaba
los ojos rara vez del lienzo, ni aun para mirar el rostro de su
esposa. Y no podía ver que los colores que extendía sobre el
lienzo borrábanse de las mejillas de la que tenía sentada a su
lado. Y cuando muchas semanas hubieron transcurrido, y no
restaba por hacer más que una cosa muy pequeña, sólo dar un
toque sobre la boca y otro sobre los ojos, el alma de la dama
palpitó aún, como la llama de una lámpara que está próxima a
extinguirse. Y entonces el pintor dio los toques, y durante un
instante quedó en éxtasis ante el trabajo que había ejecutado.
Pero un minuto después, estremeciéndose, palideció intensamente
herido por el terror, y gritó con voz terrible: ‘¡En verdad,
esta es la vida misma!’ Se volvió bruscamente para mirar a su
bien amada: ¡Estaba muerta!”.
El autor
Cuentista y poeta norteamericano (1809–1849), inventor del
género policial con relatos como Crímenes de la calle Morgue y
La carta robada. También escribió una novela: Las aventuras de
Arthur Gordon Pym y poemas cuya característica principal es la
riqueza musical. Es uno de los autores más influyentes del siglo
XIX.
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Cuadro de Sully, pintor mencionado por Poe
en el relato. |
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